El consejo de Nicolás.

26/6/14



Como una mañana cualquiera sonó el despertador a las siete en punto. Nicolás, tras revolverse unos instantes en la cama, lo apagó y se restregó los ojos. La persiana entrecerrada dejaba paso a pequeñas líneas de luz que se reflejaban en las paredes de la habitación. Podía escuchar el tráfico de la calle. Los lunes siempre eran días ajetreados.

Como de costumbre, se irguió despacio en la cama, se puso sus zapatillas y cogió  la foto de su mujer, tristemente fallecida años atrás, y le dio un beso. Era su forma de sentir que le iba a acompañar a lo largo del día. La echaba tanto de menos…

Se dio una ducha, se arregló y salió a la calle. Compró el periódico y algo de comida que le hacía falta, pues ese día le acompañaría a comer su nieta. Era ese tipo de ocasiones en las que, como cualquier abuelo, prepararía el plato favorito de la niña, pues una de las cosas que más le gustaba de su solitaria vida era la sonrisa de esa criatura. Por lo tanto, tendría que estar todo perfecto.

Al llegar a casa, colocó la comida en el frigorífico y en la despensa y se preparó el desayuno. El de siempre. Café con leche y mucho azúcar (siempre había sido muy goloso), galletas y un zumo de naranja. Mientras desayunaba, despreocupado, leía el periódico, sobre todo las secciones de cultura y sucesos. En su tiempo libre solía ayudar en el teatro en el que años atrás había estado trabajando y no se perdía desde entonces ni una sola de las obras que allí se estrenaban. Le apasionaba la idea de que una persona pudiese transformarse en otra completamente diferente. En cambiar de vida y de aspecto. En hacer cosas que jamás hubiese hecho por si mismo… Había sido su mundo durante más de 40 años y el arte y la cultura siempre le habían acompañado.

Su mujer había tenido otros hobbies. Hobbies porque se casaron muy jóvenes y había dedicado toda su vida a cuidar a los suyos. Recordó que le volvía loco observándolo todo y entresacando historias policiacas de cualquier tipo. Su imaginación se disparaba con cualquier detalle fuera de lugar. La encantaba descubrir y descifrar misterios, aunque la mayoría de ellos se reducían a la nada. Como aquella vez que se puso una gabardina beige, sus gafas de sol y persiguió a una vecina por todo el barrio durante dos horas en pleno mes de agosto, deseosa de descubrir al amante de esa pobre señora, la cual iba a visitar a su primo enfermo… Tan solo consiguió estar al borde de una hipertermia. Sin embargo, siempre regresaba a casa con una gran sonrisa y una historia nueva que contar. Y la veía tan niña con ese espíritu juvenil… Quizás fuese el motivo por el cual estuvo enamorado de ella hasta las trancas. Y, pese a todo, lo seguía estando. Por eso leía esa sección en el periódico y se imaginaba a su preciosa mujer parloteando acerca de cada uno de los casos publicados.

Al terminar, limpió el polvo y pasó el aspirador por toda la casa. Jamás le gustaría ese cacharro, pero su hijo se empeñó en comprárselo. Cuando estuvo todo listo, se dirigió de nuevo a la cocina y preparó en la encimera diversos recipientes y toda la comida que iba a necesitar, como había visto hacer a los cocineros de la televisión. Así, comenzó a cocinar. Con mucho cuidado. Midiendo las cantidades. Era bastante aprensivo en ese sentido. Un par de horas más tarde ya había probado y reprobado su exquisito plato. De este modo, lo dejó en el horno para evitar que se enfriase y comenzó a poner la mesa. En el salón, por supuesto. 

Una vez terminada, observó que todo estaba perfectamente colocado, como solía hacer siempre antes de presentar una nueva obra en el teatro. Todo debía estar impecable. Al parecer era una manía que aún perduraba. Se sentó en el sofá a esperar impaciente su ansiada visita. A las dos en punto sonó el telefonillo y Nicolás se apresuró tan rápido como pudo para cogerlo. Esperó con la oreja apoyada en la puerta, aguardando escuchar los ligeros pasos de la joven subiendo las escaleras. Antes de que pudiese llamar al timbre, Nicolás abrió la puerta y la estrechó entre sus brazos. Se sentaron en el salón, como hacían siempre antes de comer para ponerse al día y la preguntó una decena de veces cómo la iba todo. Hacía un tiempo que no la veía, pero era igual que su amada Margarita y sabía perfectamente cuando algo se ocultaba tras esos ojos color miel, que había heredado sin duda de ella. 

Finalmente, Silvia, su nieta, le contó aquello que la estaba atormentando.

- Verás abuelito, me gustaría montar mi propio negocio, una pequeña cafetería aquí en el barrio, pero papá y mamá no están de acuerdo. Creen que sería desperdiciar mis años de carrera y que podría aspirar a algo más que a ser una simple camarera. Quizás tengan razón. Han invertido mucho dinero en mis estudios. Debería seguir sus consejos y crear una gran empresa…


A Nicolás se le encogió el corazón. Veía en el rostro de su querida nieta la desilusión. Aunque ella no lo dijera, sabía que habría sido el tema de conversación en su casa y que habría dado lugar a muchas discusiones. Amaba a su hijo por encima de todo, pero desgraciadamente, había salido a él. Nicolás y Jaime tenían el mismo carácter reservado. Siempre pensando en el futuro. En lo conveniente. En los números y las cuentas. “Sois igual de cuadriculados”, les solía decir su bella Margarita. Nunca lo reconoció. Hasta ese momento en el que miró los ojos de esa niña, porque siempre sería su niña tuviese la edad que tuviese. Fue en ese instante en el que recordó los sueños de su juventud. Todo lo que le hubiese encantado hacer y no hizo. Todo lo que quiso pensar pero no pensó. Por miedo, quizás. Por el qué dirán, puede ser… Y se dio cuenta de que eran más los sueños que habían quedado ocultos en su memoria que los que había logrado alcanzar. Y sintió tristeza. Y enfado. Se lo reprochó a sí mismo. Pero volvió a mirar esos ojos de color miel y sintió que estaba a tiempo de cambiar las cosas.

-     - Cariño, tus padres quieren lo mejor para ti.  Pero nadie debería decidir por ti. Incluso a veces somos nosotros mismos los que deberíamos tener cuidado y ser honestos. Saber qué queremos y actuar en consecuencia.
-         -  Lo sé, abuelo… Lo pensaré.
-         - Pues no lo pienses más, maldita sea. ¿Sabes todo lo que me he perdido yo por pensar? Si me hubiese dado cuenta antes de las cosas que no he hecho, que no he dicho… Créeme, si volviese a tener 23 años haría de todo. Todo lo que me hubiese gustado hacer y no hice. Y todo lo que me hubiese gustado decir y no dije. Y después volvería a repetirlo una y otra vez hasta quedarme sin aliento. Sin importar qué pensaran de mí o el ridículo que estuviese haciendo. Escúchame con atención, quizás este sea el consejo más sincero que vaya a darte. Confía en ti y en tu criterio. Date una oportunidad. Aprovecha el tiempo al máximo. Ahora que he llegado a esta edad, no es grato pensar en todos los trenes que nunca cogí. Y, desgraciadamente, fueron muchos. Así que hazme un favor y háztelo a ti misma, vive. Vive por ti y comete todas las locuras que yo no cometí en su momento. Y, después, repítelas mil veces y ven a contármelas. Acuérdate de tu abuela, que fue feliz hasta su último suspiro. Seguro que allá donde esté la gustará contagiarnos algo de su locura. Pero, sobre todo la gustaría saber que su niña es feliz y, por lo tanto, este pobre viejo. Así que, abre una cafetería si es lo que quieres. Y observa a todos tus clientes con atención como hacía tu abuela. Me recuerdas tanto a ella…

Estas palabras consiguieron que Silvia se emocionase. Le prometió a su abuelo que abriría una cafetería y que su nombre sería Margarita, para nunca olvidar esa locura que su abuela querría que tuviese ni las palabras de su querido abuelo. Y así, comenzaron a comer y a planear la apertura de ese pequeño pero gran negocio.


Sara.

Cómo, no hacia dónde.

22/6/14



Como cada 21 de Junio, John salía al porche de su casa al anochecer para recibir el verano, al igual que sus padres, amigos y vecinos. Costumbre antigua y obsoleta de ese pequeño pueblo en el cual tenía que vivir muy a su pesar. Él siempre soñó poder pasar su vida en la capital y alejarse de todo aquel silencio, aunque aún era muy joven para poder tomar ese tipo de decisiones. Sin embargo, sabía que cuando cumpliese la mayoría de edad alcanzaría su más ansiado sueño. Esta noche, como tantas otras, apagaban todas las luces del pueblo y, durante unos minutos, antes de la media noche, sentían cómo cambiaba de estación, en silencio, únicamente con el acompañamiento del canto de los grillos. 

John no comprendía esa ridícula tradición y, mientras sus padres observaban el cielo agarrados de la mano, él se sentaba en una silla y esperaba impaciente a que llegaran las doce para poder correr con sus amigos hasta la orilla del río y festejar con música y una gran fiesta ese día en el que por fin sería libre y se olvidaría de los estudios y de esa profesora de filosofía que parecía encantada amargándole la existencia. 

“La filosofía algún día será una compañera y convivirás con ella día a día y será quien te mostrará tu camino y te sorprenda con la belleza de este mundo”, le solía decir. Pero a John simplemente le parecía una anciana centenaria que había perdido el juicio. Además, ¿qué belleza podía tener un pueblo insignificante situado a cientos de kilómetros de la civilización? Le faltaba un año y dos meses para cumplir los 18 y en ese momento se iría lejos, a la capital, donde viviría feliz con el ruido y  el ajetreo de la calle, las prisas en cada semáforo, los enormes edificios que parecían rendir homenaje al cielo y gente desconocida caminando a su lado cada día.

John solía imaginar su nueva vida en la ciudad muy a menudo, tanto que a veces incluso se olvidaba de dónde estaba, sumergido en sus pensamientos. En ese momento, apareció una gran luz surcando el cielo y, por primera vez, levantó la mirada. Jamás había visto nada igual. Parecía una estrella fugaz bañada en tantos colores que apenas consiguió distinguirlos. Cada vez se hacía más y más grande y dejaba atrás una majestuosa estela de luces intermitentes. No podía apartar los ojos de ella. Se le erizaron los pelos de todo el cuerpo y un escalofrío le recorrió toda la columna. No era posible que existiese algo tan hermoso. El acontecimiento apenas duró un par de minutos, pero fueron suficientes. Su vida se colmó de sentido, hasta que desaparecieron los últimos focos de luz, y todo volvió a sucumbir en esa oscuridad. 

Así dieron las doce las campanas del campanario y las luces de las casas y las calles se volvieron a encender. Se oían los gritos de entusiasmo de los habitantes después de ese maravilloso espectáculo. Las calles se llenaron de movimiento y de conversaciones agitadas. Y John permaneció allí, sentado, observando el cielo estrellado de esa primera noche de verano, odiando al firmamento por haber terminado con esa magia, y por hacerle recobrar ese vacío existencial que habitaba en su alma desde que tenía uso de razón. Jamás se había sentido tan triste y solo.

Ese verano pasó deprisa, mientras marcaba en el calendario las noches en las que se asomaba al porche con la esperanza de que volviese a aparecer… Comenzó el nuevo curso y pasó también antes de que se diese cuenta. Enseguida cumplió los 18 años, y el 21 de Junio salió de nuevo al porche y no apartó la vista del cielo. Pero tampoco volvió a aparecer esa gran estrella. A John le enviaron a la ciudad, como regalo por haber terminado esa etapa escolar con altas calificaciones, y para que pudiese comenzar otra etapa de estudio. Creyó que allí podría olvidarse de ese instante que marcó su vida y comenzar una nueva, con la que tanto había soñado. Pero no encontró ajetreo, ni prisas, ni ruido… tan solo silencio. 

Todas las noches recorría calles, parques, plazas… esperando encontrar en el cielo alguna señal. Pero ni siquiera existían las estrellas… Ni su sueño más ansiado lograba aplacar ese vacío. Cada final de primavera volvía a su casa, a su porche y observaba impaciente. Ni rastro. El vació se iba haciendo cada vez más grande. Le oprimía el pecho. A veces caía en llanto preso de la desesperación. No sabía dónde buscar. No sabía qué hacer para acabar con ese sufrimiento. Nadie tenía la respuesta.

Diez años más tarde volvió con su familia. A su casa. A su porche. Miró desesperanzado al cielo, otro 21 de Junio para marcar en el calendario. Sintió tanta pena y tanto miedo por volver a sentir esa decepción que decidió caminar hasta el río. Solo. Mientras el resto del pueblo permanecía bajo la oscuridad… y en silencio.

Se sentó allí, en la orilla, esperando oír las campanas y a la gente acercándose con música, comida y bebida. Quedaban tan solo unos minutos para la fiesta. Y, de pronto, una luz recorrió el cielo. La reconoció. Su estrella. Volvió a sentir lo mismo que la primera vez. Pero esta vez, fue mucho más intenso. La luz era mucho más viva, tanto que logró iluminarlo todo. Así bajó la vista, y observó las flores, el agua siguiendo su ciclo, los pequeños animales que disfrutaban tanto como él… Sintió la brisa en su rostro, alborotándole el pelo. Sintió la hierba húmeda. Sintió el olor del campo, la firmeza del suelo bajo sus pies… Lo sintió absolutamente todo. Se sintió parte del mundo y supo que jamás tendría que volver a esperar nada. Ya había esperado demasiado tiempo. Sintió que podía percibir la belleza bajo la luz del sol o en la oscuridad de la noche. La belleza en los ojos de ese anciano con el que se cruzaba cada día en la parada de autobús. La belleza de las manos de la camarera que siempre le preparaba el café y las tostadas por las mañanas. La belleza de las personas chocando con sus carros en el supermercado. La belleza de los niños saliendo del colegio de su calle entre gritos o llantos. La belleza de los perros de sus vecinos jugando en el parque. La belleza de las nubes inundando el cielo. La belleza de las tormentas que llenaban sus ventanas de pequeñas gotitas de agua. La belleza de una llamada de sus seres queridos.  La belleza de las miradas. Con ellos. Con ellas. Con todo. Y a través de todo. 


A partir de entonces John fue capaz de ver más allá y cada día encontraba pequeños pero grandes motivos que llenaban su alma y la colmaban de sentido. A partir de entonces, fue capaz de ver las estrellas, y también el sol. A partir de entonces cambió su perspectiva y recordó las palabras de aquella anciana centenaria. A partir de entonces fue feliz y consiguió que los suyos también lo fueran. A partir de entonces fue él mismo. Fue John. Con nada y con TODO. Solo tuvo que aprender la lección más importante de su vida. Saber cómo mirar y no hacia dónde.





Sara. 

Believe.

"Believe that dreams come true everyday. Because they do."

Cree que los sueños se hacen realidad cada día. Porque es así.

Imagen por Katerina Plotnikova.