Tus últimas palabras.

28/12/14


Jesús se pasaba las tardes leyendo historias en la terraza, mientas observaba a la gente transitando la calle. A sus 74 años apreciaba los pequeños pero grandes placeres de la vida, como el calor del sol penetrando en cada uno de sus poros o la suave brisa del verano acariciándole la piel… Vivía con su hermano mayor, Andrés, desde que su mujer falleció tristemente hace unos años.

Le acogió con hospitalidad y un gran cariño. Ambos eran la viva imagen de la virilidad, por lo que no manifestaban apenas muestras de afecto, aunque sus miradas delataban ese amor en numerosas ocasiones. La convivencia había sido sencilla, hasta hacía unos meses, cuando Andrés comenzó a presentar algunos comportamientos inusuales.

Parecían signos precoces a la vejez, por lo que no le concedió demasiada importancia, sin embargo, se fueron acrecentando. Gradualmente fue olvidándose de hechos aislados sin importancia como, por ejemplo, qué había cenado la noche anterior o qué película habían visto el último domingo, siguiendo aquella tradición familiar que les había acompañado desde la aparición de aquel aparato…

Jesús trataba de hacerle recordar, incluso en ocasiones las palabras rozaron la discordia. Pero Andrés siempre terminada por darle la razón a su hermano pequeño. A partir de entonces, su relación comenzó a cambiar. Ambos deambulaban por la casa sin apenas dirigirse la palabra. Andrés le observaba con cautela cuando creía que su hermano no se percataba de ello. Este hecho provocaba que Jesús sonriese para sus adentros, considerando a aquella a veces incómoda situación, un juego.

Pero ese sentimiento de dicha se desvanecía cuando sus miradas se encontraban, una frente a otra, desapareciendo la distancia que los separaba, y en los ojos de su hermano mayor encontraba signos de anhelo y desconsuelo.

-       Tranquilo, hermano, todo se acabará solucionando. Te ayudaré en todo lo que pueda, como siempre nos hemos cuidado el uno al otro.- le prometió a su hermano mayor, acompañando esta declaración con la más cariñosa de las sonrisas.

Sin embargo, nunca pensó que, tras aquellas sinceras y humildes palabras, su hermano le mirase de una forma tan poco familiar, como si de un desconocido se tratase. Jesús no comprendía nada de lo que estaba sucediendo, pero la situación se iba volviendo cada vez más insostenible.

Los días se antojaban interminables. Un ambiente repleto de confusión embriagaba aquel que había sido un hogar feliz. Las palabras se congelaban en la garganta. El llanto se apoderó de las noches que ambos pasaban en vela. Los sueños se hacían más insoportables que la vigilia. Recuerdos afloraban borrosos. En aquel clima no se diferenciaba la realidad de la utopía. ¿Qué hacer?

Jesús, tras días y noches de reflexión, tomó la decisión más difícil de su vida. Convenció a su hermano a duras penas para ir a visitar a un especialista. Durante la consulta con el médico, Jesús le trasladó el problema que había acontecido recientemente. En todo este proceso, su hermano permaneció en silencio. Observando a su hermano y las reacciones del doctor, como si estuviese contemplando un partido de tenis.

El doctor, solicitó que Jesús abandonase la sala mientras hablaba a solas con Andrés, y de buena gana obedeció y esperó en la sala de espera, impaciente por conocer el veredicto. Instantes más tarde, volvió a hacerle llamar. Cuando entró de nuevo en aquella habitación se percató de que su hermano estaba llorando.

Sintió lástima por él. Estaba casi seguro de que había estado en lo cierto todo ese tiempo. El diagnóstico que ponía de manifiesto esa enfermedad neurodegenerativa ya debía haber sido anunciado. Entonces se acercó a su hermano, le abrazó y le acunó en sus brazos.
-       Andrés, estoy aquí, contigo. Todo se va a arreglar.

Lo que sucedió después de estas palabras jamás se lo hubiese esperado. El doctor se levantó con gran elegancia, colocó la mano sobre su hombro y con sumo cuidado hizo constancia del diagnóstico, sin embargo, le anunció que no era Andrés quien presentaba aquella patología, sino él, quien estaba mostrando indicios de alzhéimer. 


Todo comenzó a dar vueltas y buscó respuestas en los ojos de su hermano, y las encontró. Con el mundo en el suelo salieron del hospital. Jesús miró al cielo y recordó la imagen ya difusa de su amada. Por ella y por su hermano plantaría cara a aquella enfermedad. Desde ese día, su vida fue mudando. Andrés estuvo a su lado, cuidándole, como había hecho desde niño. Le hizo la vida más fácil y nítida. Jamás le dio la espalda, ni siquiera en aquellos momentos de poca lucidez en los cuales la perturbación y la ira se hacían dueñas de sus palabras, hirientes.

Pocos meses después, Andrés encontró una carta encima de su cama:

“Querido hermano, quiero aprovechar a escribirte unas palabras antes de que la oscuridad vuelva a hacer que me olvide de ti. Jamás nos hemos dicho cuánto nos queremos, al menos en voz alta. Por el qué dirán, quizás. Ahora entiendo que algo así no puede tener cabida y no sabes lo mucho que me arrepiento. Eres la mejor persona que he conocido. Un hombre que vale la pena recordar. Gracias por no abandonarme en estos momentos y sacrificar tu tiempo por un viejo, ya senil. Gracias por tu cariño y tu constante comprensión. Gracias por tenderme la mano. Por protegerme desde el principio.

Te quiero, y siempre te querré. En la luz y en las tinieblas.
Jesús.”

Después de aquello, hubo pocos momentos de lucidez. Sin embargo, siempre que Andrés le susurraba al oído las últimas palabras de la carta, los ojos de Jesús volvían a ser los de aquel niño travieso. Andrés aprendió la lección, y desde entonces, siempre expresa lo que siente, por ridículo que parezca diciéndolo, porque nunca se sabe cuáles pueden ser tus últimas palabras.

Yo también te quiero, y siempre te querré. En la luz y en las tinieblas.

Andrés.”




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