La dama errante.

3/11/14

Allá lejos, muy lejos, inalcanzable… Luz que ilumina el camino de los hombres o les interna en la más atestada oscuridad. Tan adorada y, a la vez, olvidada. Hermosa como ninguna. Cautivadora y melancólica.  Serena e impasible. Hipnótica y sedante. Única. 

Llora a su amado en el silencio de sus sombras. Un amor sometido a la cruel maldición de estar distanciados. Cede su lugar a la llama y al destello, regresando cada mañana a su edén de tristeza. Vuelve a resurgir cada noche, deleitándose con la compañía de las estrellas. Deambula versátil en su larga vigilia, ilusionada y esperanzada aguardando una metamorfosis. Desterrada en sus delirios. Mística gloria perdida en desvarío.

Envuelta en su pureza. Desprendiendo un tenue brillo inmaculado. Enamoraba al hombre con sus caricias de luz distante. Era embelesada por sus palabras, melodías y promesas. Escuchaba los cánticos bajo sus pensamientos. Todos ellos eran eclipsados por el deseo. Deseo por el que el alma ansiaba vislumbrar tan siquiera un atisbo de su eterna hermosura. Aspirando a apagar su taciturna existencia. Bienaventurado aquél que lo consiguiera.

Pocos quedan que puedan desempeñar tal hazaña. Pocos son los que la cubren con versos, y con su alma la esperan. Pocos son los que con sus humildes palabras la anhelan. Pocos son aquellos que hacen volar sus romances, pues hoy existen distintas formas de amarse.  Ya no existe ese amor de antes. Ya no quedan aquellos apasionados amantes. Sin embargo, el alma de la dama errante sigue amando, acechante.

Ya no es la que era. Habiendo presenciado con sus ojos azules, reflejo del mar, el caos y la reconstrucción incesante. Mírala… sola. Roto está su corazón de cristal. Mientras el hombre está rodeado de otros corazones que no aprecia. Mírala… sola. Ya no es de nadie. Alumbra sueños. Amontona misterios, que ya no cuenta a nadie.

¿Dónde quedaron los poetas, que con sus voces la alzaban al cielo? ¿Dónde quedaron los poetas que pintaban sus lágrimas y las entregaban al viento? ¿Dónde quedaron los poetas que la construían castillos para robarla el aliento?


Mírala, allá, sola. Nuestro reflejo. 



Sara.

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